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Movimiento infantil y cerebro: mucho más que gastar energía

Movimiento, cerebro y funciones ejecutivas en la infancia

La neurociencia actual muestra que el movimiento estructurado puede apoyar el desarrollo de la atención, la memoria de trabajo y la autorregulación infantil cuando incluye retos cognitivos reales.

Durante mucho tiempo hemos separado cuerpo y cerebro: por un lado, moverse; por otro, pensar. Pero la investigación en neurodesarrollo nos invita a mirar la infancia de otra manera: el cuerpo también participa en el aprendizaje.

Cada vez más estudios analizan cómo las actividades motrices estructuradas pueden influir en las funciones ejecutivas: prestar atención, recordar una instrucción, esperar el turno, frenar un impulso, cambiar de estrategia o planificar una acción.

Correr, saltar, trepar y jugar libremente tienen muchísimo valor. Pero cuando hablamos de funciones ejecutivas, la evidencia apunta a algo más concreto: el movimiento parece ayudar más cuando también exige pensar.

Dicho de forma sencilla: no es solo moverse. Es moverse con intención.

Qué son las funciones ejecutivas y por qué importan tanto

Las funciones ejecutivas son un conjunto de habilidades mentales que nos permiten dirigir nuestra conducta hacia un objetivo. No nacen terminadas, ni mucho menos. Se desarrollan poco a poco durante la infancia y la adolescencia, y necesitan práctica, contexto y acompañamiento.

Entre las más conocidas están:

  • La memoria de trabajo, que permite mantener información en la mente mientras hacemos algo con ella. Por ejemplo: “coge el aro rojo, pasa por debajo de la cuerda y vuelve al punto de inicio”.
  • El control inhibitorio, que ayuda a frenar una respuesta automática. Por ejemplo: esperar el turno, parar cuando cambia la señal o no salir corriendo antes de tiempo.
  • La flexibilidad cognitiva, que permite cambiar de estrategia cuando las reglas cambian. Por ejemplo: “antes saltábamos dentro del círculo azul; ahora solo podemos pisar los amarillos”.
  • La planificación, que ayuda a organizar pasos para conseguir un objetivo.
  • La autorregulación emocional, que permite sostener la frustración, tolerar el error y seguir participando cuando algo no sale a la primera.

Visto así, una actividad motriz bien diseñada puede convertirse en un pequeño gimnasio para el cerebro.

Lo que está mostrando la investigación reciente

En 2024, Bao y col. encontraron una asociación positiva pequeña entre ambas áreas. Esto significa que quienes muestran mejores habilidades motrices tienden también a mostrar mejores resultados en algunas funciones ejecutivas, como memoria de trabajo, inhibición o flexibilidad cognitiva.

Ese mismo año, Mao y col. publicaron que el movimiento no debía ser simplemente ejercicio repetitivo, sino actividad física con demandas mentales: reglas, cambios, toma de decisiones, coordinación, memoria o inhibición. Los resultados apuntaron a efectos positivos sobre las funciones ejecutivas, especialmente sobre el control inhibitorio y la memoria de trabajo.

En 2025, un ensayo publicado en Scientific Reports comparó actividades motrices estructuradas con juego libre exterior en peques de 4 a 6 años. El grupo que realizó sesiones estructuradas de 30 minutos, dos veces por semana durante 12 semanas, mejoró significativamente en memoria de trabajo frente al grupo de juego libre. En cambio, no se observaron mejoras significativas en inhibición ni en flexibilidad cognitiva. Este matiz es importante: la evidencia no dice “moverse mejora todo siempre”, sino que algunos tipos de actividad pueden apoyar algunas funciones concretas.

En 2026, otro ensayo publicado en Scientific Reports estudió una intervención de habilidades motrices fundamentales en alumnado de segundo de primaria. Tras 10 semanas, con tres sesiones semanales, el grupo de intervención mostró mejores resultados en atención sostenida, memoria de trabajo, planificación e iniciación, autorregulación, control inhibitorio, regulación emocional y puntuación total de función ejecutiva. Sin embargo, tampoco se encontraron mejoras claras en flexibilidad cognitiva.

También en 2026, un ensayo publicado en BMC Psychology comparó actividad física cognitivamente exigente con educación física tradicional en escolares de unos 9 años. La intervención duró 11 semanas, con tres sesiones semanales de 45 minutos. El grupo de actividad física cognitivamente exigente mostró mayores mejoras en función ejecutiva, resiliencia, regulación emocional y varios componentes de condición física. Aun así, los autores señalan limitaciones: muestra pequeña, solo dos grupos-clase, intervención de corta duración y necesidad de más estudios para saber si los efectos se mantienen a largo plazo.

La conclusión prudente sería esta: el movimiento puede apoyar el desarrollo cognitivo infantil, especialmente cuando está bien diseñado, se repite en el tiempo y exige algo más que moverse por moverse.

La clave está en el tipo de movimiento

La pregunta interesante no es: “¿Moverse es bueno?”. Eso ya lo sabemos.

La pregunta interesante es: “¿Qué tipo de movimiento ayuda también a entrenar atención, memoria, control y flexibilidad?”.

La evidencia reciente habla de actividades con carga cognitiva. Es decir, propuestas donde el niño o la niña tiene que:

  • escuchar una consigna;
  • mantener una regla en la mente;
  • adaptar su cuerpo a un objetivo;
  • frenar una respuesta impulsiva;
  • esperar una señal;
  • cambiar de estrategia;
  • coordinarse con otras personas;
  • tomar decisiones rápidas;
  • tolerar el error;
  • revisar lo que ha hecho.

Por ejemplo, no es lo mismo decir: “corre hasta la pared y vuelve”, que plantear: “cuando diga rojo avanzas, cuando diga azul paras, cuando diga verde cambias de dirección y cuando suene una palmada buscas una pareja”.

En la segunda propuesta hay movimiento, sí. Pero también hay memoria de trabajo, atención sostenida, inhibición, flexibilidad, escucha, regulación y adaptación. El cuerpo se mueve, pero el cerebro está organizando la acción en tiempo real.

Ahí está la diferencia.

Movimiento libre y movimiento estructurado: no compiten

Conviene aclarar algo importante: el movimiento estructurado no viene a sustituir al juego libre.

El juego libre exterior, el parque, correr sin objetivo, trepar, perseguirse, inventar mundos y explorar el entorno siguen siendo experiencias fundamentales en la infancia. Aportan autonomía, creatividad, placer, relación, seguridad corporal y bienestar emocional.

El movimiento estructurado aporta otra cosa: una oportunidad para entrenar habilidades concretas dentro de una actividad viva, corporal y significativa.

No se trata de elegir entre libertad o estructura. Se trata de ofrecer ambas.

Qué puede hacer una familia en casa

La buena noticia es que no hace falta montar un laboratorio en el salón. Aunque reconozcámoslo: algunos salones después de una tarde de peques ya parecen una instalación científica de alto riesgo.

Algunas ideas sencillas:

1. Añadir reglas cambiantes a un juego de movimiento
Por ejemplo: caminar como robots cuando suene una palmada, saltar como ranas cuando suenen dos, quedarse quietos cuando alguien diga “cerebro en pausa”.

2. Jugar a circuitos con memoria
“Primero pasas por debajo de la mesa, luego pisas dos cojines, después llevas una pieza azul a la caja y vuelves andando hacia atrás”. Aquí se entrena memoria de trabajo, planificación y control corporal.

3. Usar turnos y señales
Esperar la señal para salir, cambiar de rol, observar a otra persona antes de actuar. Pequeños detalles que entrenan inhibición y autorregulación.

4. Cambiar la regla a mitad de juego
Primero ganan los objetos rojos. Luego los azules. Después solo los pequeños. La flexibilidad cognitiva se entrena cuando el cerebro tiene que soltar una norma y adaptarse a otra.

5. Hacer actividades cooperativas
Transportar una pelota entre dos sin que se caiga, construir un camino entre varias personas, resolver un mini reto corporal en equipo. Aquí entran planificación, comunicación, tolerancia a la frustración y regulación emocional.

La clave no está en complicarlo mucho. Está en que la actividad tenga una intención clara.

Qué significa esto en BrainNeR

En BrainNeR entendemos la neurociencia aplicada como algo muy práctico: crear experiencias donde el cerebro infantil pueda entrenar habilidades reales en contextos cuidados, motivadores y ajustados a la edad.

No se trata de convertir cada actividad en una clase de neuroanatomía. Un niño o una niña no necesita saber qué está haciendo su corteza prefrontal para practicar la espera, la memoria o la planificación. Igual que no necesita conocer la ingeniería del horno para disfrutar de una pizza. Aunque, si pregunta, bienvenida sea la curiosidad.

Lo importante es diseñar propuestas donde el cuerpo, la emoción y el pensamiento trabajen juntos.

Porque cuando una niña recuerda una consigna mientras se mueve, está entrenando memoria de trabajo.
Cuando espera su turno aunque tenga muchas ganas de salir corriendo, está entrenando inhibición.
Cuando cambia de estrategia porque la regla ha cambiado, está entrenando flexibilidad.
Cuando se equivoca, respira y vuelve a intentarlo, está entrenando autorregulación.
Cuando colabora con otra persona para resolver un reto, está entrenando habilidades sociales y planificación.

Eso también es neurociencia aplicada.

No la de las frases grandilocuentes.
La de la infancia real.
La que ocurre en el suelo, en el cuerpo, en el vínculo, en la repetición y en la experiencia.

Una idea para quedarnos

La investigación actual no nos dice que cada salto convierta automáticamente a un niño o una niña en una personita más atenta, más regulada o más flexible. La ciencia seria no funciona así.

Lo que sí nos dice es que las actividades motrices estructuradas, cognitivamente ricas y sostenidas en el tiempo pueden ser una vía interesante para apoyar el desarrollo de las funciones ejecutivas.

Quizá por eso la infancia necesita menos ratos de “estate quieto y atiende” y más oportunidades de atender mientras hace, piensa mientras se mueve y aprende mientras vive.

Moverse es importante.
Moverse con sentido, todavía más.

Base científica

Este artículo se basa en investigaciones actuales sobre desarrollo cerebral temprano, neuroplasticidad, interacción social en el aprendizaje, funciones ejecutivas y aprendizaje activo, procedentes de la neurociencia, la psicología del desarrollo y la neuroeducación.

Referencias:
- Bao et al. (2024). Associations Between Motor Competence and Executive Functions in Children and Adolescents: A Systematic Review and Meta-analysis. Sports Medicine.

- Mao et al. (2024). Effects of cognitively engaging physical activity interventions on executive function in children and adolescents: a systematic review and meta-analysis. Frontiers in Psychology.

- Hao et al. (2025). The impact of structured motor learning intervention on preschool children’s executive functions. Scientific Reports.

- Chen et al. (2026). Effects of a structured fundamental motor skills intervention on executive function in second grade students: a randomized controlled trial. Scientific Reports.

- Xu et al. (2026). Effects of cognitively engaging physical activity on executive function, mental health, and physical fitness in school-age children: a cluster-randomized controlled trial. BMC Psychology.

- World Health Organization. Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age; and physical activity recommendations for children and adolescents.

“BrainNeR es un espacio donde niñas y niños entrenan sus habilidades cognitivas, emocionales y sociales de forma natural y divertida, mientras las familias encuentran el acompañamiento que necesitan para sentirse seguras en la crianza.”

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